Acerca de “para un psicoanálisis profano”. Por Fernanda Restivo.

                                                                                                    Tigre, febrero 2021

Querido glosador, 

                               Dando por perdida toda posible relación de complementariedad, concordancia o simetría entre dos, me autorizo en esta correspondencia a incluirme en la cuenta (junto a la autora de “para un psicoanálisis profano”), en la cuenta de los glosadores. Esta figura con la que desde el comienzo del libro, en algo así como una especie de preludio intitulado, sin firma y escrito en itálica (como corresponde a un glosador), nos invita a una posible clave de lectura donde podemos colocarnos para estar cerca de esta singular experiencia de escritura. Desde un comienzo nos invoca a darnos todo este trabajo elaborativo, este trabajo a largo plazo (el duelo lo llama), para que las generaciones sean. Desear la progresión discursiva del psicoanálisis es el verbo infinitivo que te impregna mientras vas pasando por sus frases. Y es por medio de esta figura, la del glosador, con la que imagina un modo con el que pueda suceder que las generaciones no queden holofraseadas, es decir que haya pasajes, pasajes de generación en generación de generación en generación de generación en generación de generación en generación.  No sin degeneración:

                                                                                                  Uno cuenta. 

Helga Fernández cuenta para invitarnos a darnos todo el trabajo que genera pasar el cuerpo textual de lo que llamamos teoría psicoanalítica, pasarlo por el cuerpo de cada uno con la sensibilidad de quien ha sido tocada y tal vez así, el holofraseo de las generaciones se vea reducido en su posibilidad de ser.

                                                                                          ¡Que se diga entonces! 

…que se diga queda olvidado detrás de los dichos en lo que se oye. Escribe  Jacques Lacan en su atolondradicho esta clave subjuntiva que señala ese hueco inaccesible que sería mejor no olvidar que existe como tal en la medida que sigamos produciendo dichos. En esta escritura suena toda la potencia apelativa brotando de un cuerpo textual que va haciendo lo que dice. Que se diga y que sigan produciéndose dichos para que ese hueco incapturable continúe restando  detrás. Que se actualice la escucha y la glosa curada de la ecolalia y la simple réplica. Esta escritura pulsa para que el discurso del psicoanálisis no sea una lengua perdida que no ancla en los cuerpos, una materialidad no gramaticalizable. Es un libro donde se siente el ejercicio de conjugar, de usar la gramática no en su dimensión atributiva ni predicativa. La gramática está tomada como el cuidado del lazo entre una parte y otra, en el lazo de una generación con otra. Por eso lee a cada autor con esos otros con los que cada quien pensó, y de este modo pone en acto, tanto el hecho de que solos no hacemos nada, como la dimensión de exploración de los inventores del psicoanálisis. Trae al sujeto de la ciencia, al sujeto de la invención, al hombre que Freud fue. Al modo de una búsqueda del tesoro sigue las pistas de las fuentes del inventor del inconsciente, busca las fuentes, es decir donde ha sido touché como si la guiara una pregunta que podríamos decirla así: ¿dónde encontraron una palabra que se volvió concepto? Fuerte apuesta a que si hubo un “antes” fue la sensibilidad y lo sostiene como clave de lectura para leer a otros con sus otros que acompañan. La bibliografía del libro lo confirma al estar  bajo el nombre “acompañan” (en esta ocasión a quien escribe).

En esa propuesta donde leer es profanar, se ha dado todo el trabajo de leer el cuerpo teórico del psicoanálisis transliterándolo como uno de los modos  de profanación. 

Donde un texto no puede leerse sin otro, el cuerpo principal de la escritura dialoga y se tensa en los márgenes con invasión de voces que se han dado cita y a las cuales la editorial de este libro le ha inventado un precioso lugar.

                          Lo tengo que decir otra vez: este libro cuenta con trabajo. Lo dije y se arrimó  el alma del contrabajo, ese pequeño palito diminuto que tiene ese instrumento de cuerdas y que tiene la hermosa misión de soportar el peso de la presión de las cuerdas tensadas. Esta escritura también lo soporta. Porque “para un psicoanálisis profano” está lejos de plantear un horizonte donde profanar sea deshacer la dimensión de lo sagrado. Hasta tal punto soporta la tensión de las cuerdas, que en su último capítulo que ha llamado touché, en una glosa en el margen, coloca una señal que propone como ruta de lectura, una señal que dice “este capitulo se lee con el primero”. Si seguimos esa pista que desde el borde de la carretera hace un guiño, nos envía a retomar la lectura en el sentido que la propone el libro donde como dice el capítulo inicial, “leer es profanar”. Por si al llegar al último capítulo nos creemos haber llegado al final de la lectura y creemos que por haber sido tocados (touché) ya no tendríamos que seguir profanándonos, una y otra vez, para que nuestro cuerpo no consiga volverse sagrado. Intocable. Intocado. Entonces es sagrado y profano a la vez. Mantienen esa relación doble al mismo tiempo que se excluyen. No hay absoluto entonces, sería el planteo de esta lógica. Como si nos propusiera, que para darle una forma a esta dimensión desconocida para el hombre (el deseo), pudiéramos otra vez profanarnos sin sentir el vértigo del foso porque con su hacer nos dice, que se va a la fuentes y se encuentra con el hombre Freud desprendido de los fundamentos, entonces, ahí, ya no hay vértigo. 

La edición también ha tenido la amable complicidad de dejar esos márgenes para tener dónde seguir glosando, al mismo tiempo que soporta la materialidad de lo que Helga Fernández dice:

Pero no va de suyo que otro asista al inerme. Es imperioso que alguien sea lo suficientemente sensible para reconocer que lo que llora cuando alguien llora es la necesidad de otro

Porque como insiste en  Helga Fernández, uno solo, no hace nada

P.D: quisiera contarles que esta carta está compuesta con frases literales de la autora, incluso con los nombres que han sido nombrados los capítulos. He decidido no utilizar el recurso del entrecomillado porque entiendo que es un uso que marca una distancia innecesaria en este caso dada la empatía que me produce la ética y la estética de este texto. Otro modo de indicar que se trataba de sus frases y no de las mías, hubiese sido injertarlo con el uso de las itálicas pero tampoco me ha sido posible porque elegí (siguiendo la clave de la autora), escribir en cursiva indicando que siempre estamos tomando palabras de otros para componer nuestro cuerpo textual.


Fernanda Restivo, psicoanalista.